Anatomía del Ser

Anatomía del Ser

En artículos anteriores definimos la herida de identidad como el no saber quiénes somos y el andar por la vida identificándonos con los sustitutos del ser. Y aunque a lo largo de este Blog hemos indirectamente tocado el asunto de lo que realmente sí somos -especialmente en el artículo sobre Las Dos Naturalezas– vamos a retomar todo lo anterior y a aportar algunos elementos nuevos para descubrir nuestra verdadera identidad o Anatomía del Ser.

He dicho insistentemente que no somos el cuerpo, que no somos la mente, que nos somos el ego, que no somos las máscaras, que no somos la personalidad, que no somos el pasado, que no somos las viejas  heridas, que no somos las pertenencias, que no somos los logros materiales o profesionales y que tampoco somos ese ser indiferenciado que se acomoda a la cultura imperante. En suma, que no somos ninguno de los habituales sustitutos del ser. Entonces, ¿qué o quiénes somos?

Lo primero que tengo para decir es que somos seres absolutamente complejos y misteriosos. Estas características de complejidad y misterio las otorga especialmente nuestra doble naturaleza, los dos polos o centros en los cuales nos movemos: el humano  y el espiritual. Como dije antes esta particularidad hace al ser humano un ser único en el universo: “Los animales son animales, los ángeles son ángeles, pero el hombre es un poco de ambos. La realidad humana es pues, doble, con dos centros, como una elipse. Somos seres elípticos. Un centro es típicamente humano, el alma, y opera a través de muchas dimensiones: cuerpo, mente, emoción, relaciones, etc.  El otro centro es la divinidad, el Espíritu en nosotros”. El alma representa nuestra humanidad por excelencia, la que nos define como seres evolutivos, la que aprende en nosotros. El Espíritu es Dios habitándonos, perfecto, poderoso y amoroso.

Quizás entonces lo más importante que podemos decir acerca de nuestro ser es que somos la extraña e incomprensible fusión de un alma humana, mortal y vulnerable, con el Espíritu Divino, inmortal, poderoso y amoroso. Esta fusión o integración en una entidad de naturaleza espiritual constituye nuestro Ser Esencial, nuestra realidad más profunda y verdadera. Y es sólo desde aquí, desde este centro espiritual humano-divino que podemos decir que somos imagen y semejanza de Dios, seres profundamente amorosos y bondadosos, capaces de actos de gran heroísmo y entrega, seres espirituales viviendo una experiencia humana. Esta es nuestra grandeza, nuestra luz, aquella que trajimos como equipaje de nacimiento.

Porque desde ninguna otra parte que nos miremos podemos vernos como imagen y semejanza de Dios. No lo somos obviamente si nos hacemos desde nuestros cuerpos vulnerables, desde nuestras mentes poderosas pero altamente falibles, desde nuestra emocionalidad intensa y descontrolada, desde nuestras personalidades neuróticas buena parte del tiempo, en fin, desde ninguna otra instancia. Pero cuando observamos a un ser humano desde su centro amoroso y poderoso podemos verlo como imagen y semejanza de Dios.

Pero “esta condición espiritual en medio de la experiencia humana lo convierte en un ser altamente complejo, capaz de elegir  toda suerte de situaciones que van desde lo más cruel y vil, por un lado, hasta lo más santo y bondadoso, por el otro, y toda la gama de posibilidades intermedias. El ser humano tiene la capacidad de escoger el infierno o el cielo, y esto lo hace todo el  tiempo en su experiencia humana.  Podemos alcanzar las más grandes bajezas y las mayores alturas. Podemos expresar la peor crueldad así como la más alta bondad. En este proceso de experimentar y completarnos podemos confundirnos, angustiarnos, enfermarnos, extraviarnos. Este es el riesgo de lo humano”. Como se ve, estamos hablando de “elegir”, de “escoger”, que es el regalo más grande que Dios ha dado al hombre, la posibilidad de la elección,  su libre albedrío, su libertad. Cuando escogemos vivir desde nuestro centro, con adhesión a nuestra naturaleza esencial, el resultado es armonía y fluidez, vida con propósito y evolución del alma, entre otros. Pero cuando escogemos dejar que el sistema decida por nosotros, renunciar a nuestra naturaleza esencial para vivir los estándares del modelo, el resultado es lo que nuestro mundo nos muestra diariamente en los noticieros.

Así que, por una parte, somos imagen de Dios. Pero por otra, vivimos distraídos y ello hace que tomemos malas decisiones. El resultado de ello es que nos vamos distanciando poco a poco de nuestro ser interior hasta el punto que olvidamos totalmente quiénes somos. Este estado configura lo que hemos llamamos herida de identidad. Y  a partir de ese momento nuestras experiencias en el mundo ya no las interpretamos desde nuestro ser interior -porque ha sido relegado al olvido- sino, obviamente, desde algunos de  sus habituales sustitutos. De esta forma, las consecuencias de estas interpretaciones son casi siempre las creencias limitantes, las emociones contaminadas, las heridas interiores, la falta de amor propio, las relaciones adictivas y muchísimos otros efectos que estudiamos someramente cuando analizamos los costos de la herida de identidad. O sea que, algunos años después de nuestro nacimiento ya estamos llenos de heridas, de miedos, de culpas, de indecisiones, de creencias y actitudes no afines a nuestra verdadera esencia y desde  donde actuamos con frecuencia de manera inconsciente haciéndonos daño a nosotros mismos o a otras personas. Esta es nuestra sombra, nuestro ser inferior, las capas que ocultan nuestro ser.

En la entrada Naturaleza Humana y Condición Humana decíamos: “En el proceso de crecer y acomodarnos al mundo de los adultos, este ser que somos, este núcleo de amor, de bondad y de luz que somos, va poco a poco encapsulándose, escondiéndose en capas y capas de heridas, de miedos, de creencias inadecuadas, de interpretaciones de sí mismo  y de la realidad que lo limitan y lo envían al exilio. Y así, el ser humano  aprende a vivir no en su centro sino en la periferia. Su ser interior no está muerto ni ausente pero no actúa, no tiene el poder, le ha sido arrebatado por alguno de los múltiples sustitutos a los que hemos entregado la dirección de nuestras vidas”.

Podemos comprender mejor este asunto de las capas y la sombra imaginando una bombilla eléctrica encendida en el centro de un salón. Luego, lentamente,  cubrimos dicha bombilla con algún pañuelo. ¿Vemos su luz? Posiblemente sí. Luego colocamos un segundo pañuelo. ¿Aún vemos su luz? Es posible que sí pero un poco más tenue. Y ahora colocamos un tercer pañuelo. ¿Aún la vemos? Seguramente que ya no. Y luego colocamos encima de los anteriores pañuelos otras telas, sacos, tapetes y todo tipo de coberturas. La bombilla sigue encendida pero ya no percibimos ni siquiera un poco de su luz. Ahora bien, pensemos la bombilla como nuestro ser interior y las capas que lo rodean como nuestra sombra. Nuestro ser interior siempre está ahí, encendido digamos, como la bombilla, pero las capas que lo rodean cubren su luz. En nuestro caso, las capas son las heridas, las creencias limitantes, las emociones destructivas, los miedos, las culpas, las interpretaciones que nos separan de la vida en plenitud. O sea que esta sombra también es parte nuestra, estas gruesas capas de no-ser que cubren nuestra realidad esencial.

Y por otro lado, invertimos un enorme esfuerzo en construir una imagen social que intentamos mostrar al resto del mundo, imagen con la cual buscamos ocultar nuestras sombras, defectos, heridas y bloqueos, pero que a la vez oculta nuestra verdadera esencia. Esta es nuestra máscara, el rostro que nos gusta mostrar en sociedad porque nos parece bello, el que lustramos, al que dedicamos buena parte de nuestra energía personal.

Así que Luz, Sombra y Máscara son realidades asociadas a nuestro ser interior, cercanas a él. Y como seres humanos nos movemos frecuentemente de uno a otro componente desde nuestro nivel de consciencia. Si pusiéramos el ejemplo de que somos un edificio de tres pisos o niveles, Luz, Sombra y Máscara, el nivel de consciencia  representaría el ascensor que nos permite ir de uno a otro nivel. Pero resulta que hay seres humanos que llevan años de sus vidas sin que su ascensor se mueva del piso de su máscara o de su sombra. Incluso muchísimas personas desconocen por completo la existencia  del piso de su Luz, su dimensión luminosa y desde donde podemos dirigir con efectividad todo el proceso de crecimiento al que estamos llamados.

Hemos asociado a nuestro ser los conceptos de Luz, Sombra y Máscara. Sabemos que la luz es nuestro centro luminoso, nuestra naturaleza esencial. La sombra son todas las capas con las cuales hemos cubierto nuestro centro hasta que perdemos contacto con él. Y la máscara o máscaras son el rostro social, la capa más externa de nuestra personalidad con la cual queremos interactuar con el mundo. Pero resulta que sólo la luz es lo verdaderamente nuestro, natural, de nacimiento, como hemos dicho, el equipaje con el que vinimos. La sombra y las máscaras son creaciones nuestras –moldeadas por el sistema- que pusimos equivocadamente encima y alrededor de nuestro ser hasta que terminamos confundidos acerca de nuestra verdadera naturaleza.

El verdadero crecimiento como ser humano es siempre desde nuestra dimensión luminosa, desde nuestro centro, desde nuestra alma, desde el Espíritu que nos habita. Porque esa dimensión posee en sí misma los atributos que necesitamos para el viaje de la vida, en tanto que nuestra sombra está conformada por todo aquello que hemos rechazado o temido, y nuestra máscara no es más que una imagen artificial de nosotros mismos. Sólo desde nuestra Luz somos amorosos, somos bondadosos, somos sabios, somos fuertes, somos poderosos. Sin embargo, como somos una unidad, nuestra sombra y nuestra máscara nos afectan todo el tiempo y por ello requerimos hacernos cargo de trabajar estos aspectos negativos de nuestra vida, así como seguir potenciando todo aquello que nos acerca a la luz que somos y que nos permite expandir esa luz a nuestra vida y a las vidas de todas las personas con las cuales nos relacionamos.

Entonces, ¿quiénes somos? Somos naturaleza humana-divina envueltos en capas y capas de creencias limitantes, de miedos, de sombras y de máscaras, batallando por encontrar nuestro camino en un mundo que nos invita a ocuparnos de todo menos de nosotros mismos. Somos seres profundamente amorosos y bondadosos que hemos perdido contacto con nuestros núcleos de amor y bondad por estar ocupados en otros asuntos que creemos  más importantes. Somos imagen y semejanza de Dios pero lo hemos olvidado. Somos seres poderosos, con un impresionante poder de creación el que usamos con frecuencia de manera inconsciente y con el que podemos hacer y hacernos daño. Somos seres que hemos dominado este planeta en todas las áreas del saber humano pero seguimos siendo infelices, débiles, necesitados y enfermos. Somos amor y miedo a la vez.

Fotografía: https://pixabay.com/es/s%C3%ADmbolo-la-luz-de-oro-rayos-ola-704076/

Hernán Darío Blair

Julio 10 de 2017

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