Los Límites del Ser

A través de los años he preguntado con frecuencia a algunas personas: ¿Dónde terminas tú?, es decir, ¿cuáles son tus linderos? ¿Tu piel es tu lindero? ¿Tú llegas hasta donde alcanzan tus manos? ¿O hasta tu última exhalación? ¿Hasta dónde llegas tú?

Es obvio que ante lo inusual de la pregunta la primera reacción es de extrañeza, de incomodidad incluso. Pero, unos momentos más tarde, cuando la persona entiende que no se trata de un juego ni de una broma entonces entrega habitualmente una respuesta sincera: “No  tengo la menor idea. Jamás me había hecho esa pregunta”.

En artículos anteriores hemos expresado repetidamente que no sabemos quiénes somos y que desde la libertad y la consciencia de las cuales disponemos tenemos la posibilidad de identificarnos con múltiples instancias internas o incluso externas. Y que esto es lo que hacemos todo el tiempo y de ello derivamos nuestro sentido de identidad. Pero  no saber quiénes somos es sólo una fracción de nuestra propia ignorancia. Tampoco  sabemos otros asuntos igualmente importantes como de qué estamos hechos, cuáles son los límites de nuestro propio ser, cuál es el propósito de nuestra vida, etc.  En suma, en materia del ser nuestra comprensión es bastante precaria aunque seamos muy doctos en los dominios del hacer, del tener o de áreas específicas del saber humano.

Como en cualquiera de los asuntos profundamente humanos no existe un abordaje científico a esta cuestión. Cualquiera que recorra estos senderos debe hacerlo desde su propia subjetividad. Ello implica que no existe la posibilidad de obtener una respuesta única a esta pregunta ni tampoco una que nos deje totalmente satisfechos. Pero creo que aun así vale la pena hacerse este cuestionamiento y avanzar un tanto en su consideración.

Entonces, ¿dónde termina un ser humano? ¿Terminó Buda en la muerte de su cuerpo? ¿O Jesús? ¿O Martin Luther King? ¿O las vidas de millones de seres humanos que no están registradas en la historia pero que han sido significativas y que han afectado profundamente a otros, incluso más allá de su tiempo y de las fronteras geográficas en las que existieron? ¿De alguna forma el ser de estas personas sigue vivo en aquellos a los que impactaron? ¿Es nuestra vida un asunto exclusivamente material, tangible, observable, medible y tocable?

En mi experiencia lo verdaderamente importante en la vida de un ser humano, su ser, su hacer fundamental, sus vínculos, sus afectos más profundos, sus sueños, sus pasiones, en fin, casi todo, pertenece a un dominio no material, a un mundo invisible digamos, pero no por ello menos real. Igual que nuestro propio ser. No es posible ver nuestra realidad esencial en un microscopio electrónico ni con ayuda de cualquier equipo médico avanzado de diagnóstico, y sin embargo la sentimos con toda contundencia cuando algo externo nos sacude o cuando nos disponemos a ello eliminando las habituales distracciones de la mente. Sostengo entonces la tesis de que como seres humanos estamos limitados de muchas maneras pero que somos completamente ilimitados desde nuestro ser interior. Veamos.

Nuestro cuerpo es un objeto material extraordinariamente complejo y maravilloso pero sujeto a la gravedad, al envejecimiento, al deterioro de células y tejidos, a la enfermedad y a la muerte. Dada su configuración anatómica podemos hacer unos movimientos y otros no. Podemos por ejemplo caminar y correr pero no somos capaces de volar. Podemos saltar unos cuantos centímetros hacia arriba pero no metros como lo hace un canguro o algunos otros mamíferos.  Tenemos una cierta dosis de fuerza con nuestras manos y brazos para mover algunos objetos pero después de ciertos límites ya necesitamos herramientas o equipos especializados.

Es importante anotar que a través de la tecnología hemos disminuido muchos de estos límites pero no hemos podido vencerlos por completo. Con el desarrollo tecnológico  hemos sido capaces de ir al espacio y pasar meses y aún años en atmósferas distintas a la nuestra y con condiciones completamente diferentes a la superficie terrestre. Hemos desarrollado instrumentos  que nos permiten respirar debajo de la superficie, hemos creado corazones artificiales, riñones artificiales, etc., que han permitido estabilizar y extender la vida biológica de manera sorprendente. Equipado únicamente con un traje de alas (también conocido como “traje de ardilla”), y un paracaídas, el piloto colombiano Jonathan Flores no sólo ha podido lanzarse de un avión en vuelo sino alcanzar velocidades cercanas a los 300 km/hora. La tecnología ha hecho menos intensos estos límites pero aún existen y seguirán existiendo.

Mentalmente estamos limitados, inicialmente por nuestro desarrollo neurológico, después por nuestro sistema de creencias y porque no podemos comprenderlo todo mentalmente, entre otros factores. Durante la niñez  nuestro cerebro está en proceso de formación y por lo tanto muchas cosas no las comprendemos. Luego, como adultos, desarrollamos interpretaciones y conclusiones que dan origen a nuestros sistemas de creencias y al hacerlo afectamos profundamente nuestra percepción del mundo y de todo cuanto allí ocurre. Percibimos entonces unas cosas y no otras. Nuestro cerebro tiene incluso un poderoso efecto de selección de lo que podemos percibir y de lo que no.  ¿Se imaginan ustedes que alguien pudiera percibir todo lo que ocurre a su alrededor? Su cerebro no sería capaz de procesar tantos millones de datos y colapsaría.

Socialmente también estamos limitados. Vivimos en un lugar y no en todos. Podemos entrar a nuestra casa pero no podemos, por nuestra cuenta, entrar a las casas vecinas como si fuera la nuestra. Si en el colegio o en la universidad cursamos el primer grado el único paso que podemos dar es hacia al segundo, pero no al tercero o al cuarto o al quinto. Si trabajamos en una empresa particular estamos autorizados a entrar a sus instalaciones, pero si dejamos de laborar en ella ya no podemos hacerlo a menos que seamos autorizados por alguien. Hay reglas en lo social que debemos cumplir y eso por supuesto crea límites.

En fin, estamos limitados de muchas formas. Pero hay áreas en la vida del ser humano donde no estamos limitados de ninguna manera. Victor Frankl, psiquiatra vienés, prisionero en campos de concentración durante la segunda guerra mundial y posterior creador de una escuela terapéutica altamente extendida en la actualidad mostró con su propia vida que “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”. Insistía una y otra vez en que el ser humano tiene un área de libertad absoluta: la libertad de elegir su respuesta a  los acontecimientos de la existencia. Ante el genocidio que  él experimentó de forma directa y que le hizo testigo de la muerte de millones de correligionarios judíos y de su propia familia, él entendió que podía decidir cómo responder a dicha situación, con su propia depresión y posterior aniquilación, o tomando una  postura más afín a su propio nivel de consciencia y a su ser interior. Y escogió lo segundo. Y lo vivió a plenitud ayudando desde su profesión a sus compañeros de reclusión a encontrar sentido a todo ello. Cuando la guerra terminó y recuperó su libertad dedicó sus últimos años de su vida a sistematizar y enseñar sus aprendizajes.

A lo largo de las entradas de esta página web y a través del acompañamiento que realizo desde hace muchos años a personas y grupos, he defendido un  área de libertad absoluta: la libertad de elegir nuestra propia identidad como seres humanos, es decir, la decisión acerca de con qué o quién nos identificamos: con el cuerpo, con la mente, con la emoción, con algún sustituto del ser o con propio y único ser interior.  En entradas anteriores de esta página he hablado insistentemente de ello.

Hay áreas entonces en las cuales estamos limitados. Intentamos vencer algunas de esas limitaciones con el uso de la tecnología y aún con el desarrollo del poder mental. Pero hay áreas en la vida del ser humano en las cuales somos totalmente ilimitados. Y aquello en lo que somos totalmente ilimitados tiene que ver con nuestra alma, con nuestro corazón, con nuestro ser interior, con lo  que somos realmente. Aquí los límites desaparecen.  ¿Hay algún límite para el amor humano? ¿Hay algún límite para la bondad? ¿Hay algún límite para el desarrollo interior? ¿Para el aprendizaje? ¿Para el servicio a otros?

Creo realmente que los únicos límites que existen son aquellos que nosotros mismos aceptamos como tales, en los cuales creemos y que hemos interiorizado como verdad. Recuerdo ahora vagamente una frase atribuida a Pablo Neruda: “Mi vida terminará cuando el último de los seres humanos que me recuerde deje de hacerlo”. Nuestro ser es ilimitado, nuestro poder de transformación es ilimitado y nosotros seguiremos existiendo en nuestras obras y sobre todo en el impacto que hayamos tenido en las vidas de aquellos a quienes hemos amorosamente tocado. Entonces, ¿dónde terminas tú?

Hernán Darío Blair

Julio 19 de 2017

 

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