Los Sustitutos del Ser

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En entradas anteriores hablamos de  los conceptos de Condición Humana y de Programación, y estudiamos algunas consecuencias de la programación en los órdenes del ser, de la alegría y de las creencias. Hoy vamos a ampliar un poco la consideración de dichas consecuencias particularmente a través del concepto de identidad. La Real Academia Española define la identidad como la “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. El sentido de identidad es, pues, la percepción que tenemos de nosotros mismos, la forma como nos percibimos y nos definimos en el mundo. En palabras sencillas, es la respuesta que damos a la pregunta: ¿Quién soy yo?

Sonará extraño para muchos pero el asunto fundamental de la existencia humana, el más grande, el más importante de todos, es el asunto de la identidad, la respuesta que un ser humano sea capaz de dar a la pregunta por su ser.  Porque cualquier otro aspecto de su vida al que dirija su atención ya implica, de manera explícita o implícita, una percepción de sí mismo, un “yo” que se concentra en algo. Y todo lo que esa persona piense, crea, sienta, diga y haga estará condicionado por la percepción que tenga de sí mismo. Es por esta razón que sostengo que la pregunta por el ser es el cuestionamiento máximo en la vida de todas las personas, y que la respuesta que nos demos constituye el asunto fundamental de la existencia.

Durante muchísimos años en conversaciones profundas con individuos de todas las edades y en talleres vivenciales de crecimiento personal y de sanación, he preguntado a centenares de personas: “¿Tú quién eres?”, y he encontrado en sus respuestas un patrón repetitivo: casi todas ellas tienen de sí mismas una percepción basada en rasgos y características de su personalidad. Ellas se definen a sí mismas como: “Soy una persona alegre, comprensiva y bondadosa”, “Soy un joven terco, exigente y responsable”, “Soy una madre amorosa y dedicada”, etc.

Pero resulta que por importante que sean estos rasgos y por años que nos haya tomado formarlos, ellos no son nuestra identidad. Nosotros no somos esos rasgos. Y no lo somos porque son temporales, cambiantes y producidos por la cultura en la que nacimos. En otras palabras, no vinieron con nosotros, no hacen parte de nuestro diseño original. De hecho, algunas experiencias de nuestra vida y las interpretaciones y decisiones que tomemos al respecto pueden hacernos cambiar dichos rasgos por otros en períodos de tiempo relativamente cortos. Conozco muchísimas personas con altos niveles de desatención frente a sus parejas que a raíz de alguna experiencia -dolorosa casi siempre- desarrollan rápidamente la capacidad de ser atentos y dedicados. Y al contrario, personas honestas que frente a alguna encrucijada delicada de sus vidas se tornan rápidamente en deshonestas. Entonces, ¿ellas dejaron de ser las que eran? ¿Se convirtieron en otras? Por supuesto que no. Solamente ahora manifiestan otros rasgos de personalidad y eventualmente podrán retornar a los primeros, o a otros más o menos aceptados desde el punto de vista social. Pero su esencia sigue intacta mientras su personalidad ha cambiado para bien o para mal.

Pero aunque los rasgos de la personalidad sean aquellos con los cuales mayormente nos identificamos, existen múltiples “sustitutos del ser”, es decir, instancias distintas sobre las cuales habitualmente definimos nuestra identidad. Veamos.

Supongamos que una persona dice y siente la expresión: “Estoy enferma de mi estómago”. Es indudable que ella se siente enferma porque tiene algún malestar estomacal, leve o fuerte.  En este caso esta persona se está identificando con su cuerpo enfermo o adolorido. La sensación de que ella es su cuerpo se apodera de su consciencia y le hace afirmar que está enferma debido a la molestia que experimenta. En nuestra cultura nadie dice por ejemplo: “Yo estoy bien aunque mi cuerpo está enfermo”. Pero aunque nadie lo diga no por ello deja de ser un planteamiento razonable. Si la persona que siente estar enferma de su cuerpo logra entrar en resonancia con su ser más profundo, con su alma, podrá afirmar seguramente que ella está bien aunque su cuerpo experimente una dolencia.

Considero necesario en este punto establecer claramente que no estoy menospreciando el dolor ni la enfermedad, ni mucho menos el cuerpo como un todo. Por supuesto que si una persona experimenta una dolencia física la sola percepción de dolor la pone en movimiento para realizar las acciones que sean apropiadas para mitigarlo o eliminarlo, y esta acción es perfectamente válida desde cualquier perspectiva en que se  mire. Adicionalmente, desde el punto de vista de la Plenitud Humana –aspecto que trataremos con detalle más adelante en este blog- es obvio que la salud, los altos niveles de energía y la vitalidad son objetivos en los que hay que trabajar consciente y deliberadamente. Lo que quiero decir es que cuando nos identificamos con aspectos de  nosotros que no somos realmente nosotros mismos, logramos inconscientemente sentirnos disminuidos en nuestro propio poder y decisión para enfrentar la vida. Y esta misma aclaración que hago sobre la identificación con el cuerpo aplica para las otras modalidades que explico más adelante.

De la misma forma que es posible identificarse con el cuerpo también es posible hacerlo con la mente. Si una persona dice y siente: “Estoy confundida, no sé qué hacer”, seguramente está experimentando una identificación con su mente. Una vez más, nadie dice: “Mi mente está confundida pero yo estoy bien”. La sensación de confusión es tan fuerte que le hace pensar que ella está confundida cuando en realidad se trata de un pasajero desarreglo mental que no tiene el poder de perturbar su ser interior. Pero la persona así lo cree.

También es posible identificarse con la emoción. La expresión: “Estoy molesto contigo por la ofensa que me hiciste” expresa la identificación que la persona que lo pronuncia está experimentando frente a su mundo emocional. Es claro que su emoción está agitada y contrariada pero su ser interior seguramente está en paz aunque la persona no lo sabe, precisamente a raíz de su identificación con su lado sensible y afectivo.

Muchas personas se identifican especialmente con sus egos. Expresiones del tipo: “¿Usted no sabe quién soy yo?”, “¿Cómo es posible que me haga esto a mí?”, etc., son indicativas del nivel de identificación con el ego, aquella parte de nosotros que nos hace creer que somos especiales, merecedores de un trato diferencial, o en todo caso seres humanos muy importantes frente al resto del mundo. El ego es, junto con los rasgos de la personalidad y las máscaras,  uno de los más habituales sustitutos del ser.

Muchos otros seres humanos se identifican con sus máscaras, aquella colección de imágenes que intentamos proyectar al mundo, nuestro “maquillado rostro social”, el conjunto de rasgos que queremos exhibir y que creemos que nos hacen más interesantes, más poderosos y más aceptados socialmente.

Muchísimas personas se identifican con su historia personal, con su pasado, con sus viejas heridas, con la educación que recibieron como si se tratara de mandatos que no pueden modificarse ni sanarse.

Otras se identifican con sus roles, con sus pertenencias, con sus carreras, con sus logros materiales o profesionales, etc.

Como se aprecia, con frecuencia nos identificamos con el cuerpo, con la mente, con la emoción, con la personalidad, con el ego, con las máscaras, con el pasado, con las viejas heridas, con los roles, con las pertenencias, con los logros. Pero nosotros no somos nada de eso aunque todo ello esté profundamente arraigado en nuestras vidas y constituya parte fundamental de nuestra existencia.

No quiero dejar en el lector la idea de que en nuestro ser interior siempre estamos bien aunque tengamos desajustes corporales, mentales, emocionales o de otros órdenes. Creo genuinamente que existen situaciones en que nuestra alma se contrae, se paraliza o se adormece hasta un punto en que es difícil sentirla. Producto de una herida muy aguda o de un sufrimiento crónico una persona puede entrar en un estado donde su alma parece haberla abandonado o haber renunciado a seguir al frente de la vida. Son, digamos así, enfermedades del alma. Pero muchísimas veces en las cuales nos sentimos enfermos, confundidos mentalmente o irritados emocionalmente nuestras almas permanecen inalteradas porque se trata más de desajustes periféricos que de nuestro propio centro.

En la entrega # 4 de este Blog, bajo el título Las Dos Naturalezas, establecíamos una diferencia fundamental entre la naturaleza humana y la condición humana. Cito un pequeño texto de aquella entrada: “Definimos la primera como lo que somos en nuestra realidad más profunda,  lo que traemos de nacimiento, lo que expresamos los primeros años de nuestra vida. Y la segunda, como aquello en lo cual nos vamos convirtiendo cuando, producto de nuestra acomodación a los modelos de vida, nos olvidamos de nuestra esencia verdadera y nos dejamos conducir por algunos de los múltiples “yoes” que compiten por el gobierno del Ser. De esta forma nos separamos de nuestro propio poder y terminamos convertidos en seres frágiles, confusos, ansiosos, reactivos, dañinos, solitarios”. Estos múltiples “yoes” son los que hemos analizado en este artículo: el cuerpo, la mente, la emoción, el ego, las máscaras, la personalidad, la historia personal, el pasado, las viejas heridas, las pertenencias, los logros materiales o profesionales. Todos ellos son, como hemos visto, sustitutos del ser.

O sea que,  en palabras sencillas, no sabemos quiénes somos. A la confusión acerca de nuestra verdadera identidad la llamo la Herida de Identidad, y la defino como  la pérdida de consciencia de nuestra naturaleza esencial espiritual: dejamos de percibirnos como seres espirituales para percibirnos como cualquiera de los múltiples sustitutos que tenemos a disposición. Pero no somos nada de eso.

Por supuesto que entonces surge la pregunta: Si no somos nada de ello, ¿entonces qué o quiénes somos? Nuestro ser verdadero es nuestra naturaleza esencial humano-divina, nuestra realidad más profunda, mejor dicho, nuestra alma, aquella esencia inmaterial que trajimos a este mundo y que por algunos cortos años pudimos expresar antes de que la programación hiciera su trabajo en nosotros. Aquel reducto de nuestra niñez que nunca perdimos por completo pero que con frecuencia extraviamos. Ese espacio nuestro donde –cuando el silencio de la mente nos permite contactar- nos sentimos de nuevo a nosotros mismos como nosotros mismos, donde encontramos nuestra paz y nuestro lugar en el mundo, donde resolvemos los grandes misterios de nuestra unicidad y de nuestra complejidad.

Me gusta mucho el concepto de alma que promueve el Centro Mente de Luz de Chile: «El alma es un lugar de paz en donde debemos aprender a vivir, en donde debemos instalar nuestra existencia. Algunos maestros la llaman el punto de quietud, un sitio donde integramos todas nuestras experiencias (…). Este punto está lleno de alegría, o mejor dicho, es alegría.»

Pero de lo escrito hasta ahora surge una enseñanza fundamental. El ser humano tiene la potestad de identificarse con múltiples instancias que hacen parte de su vida, como su cuerpo, su mente, su emoción, etc. Puede estar hablando de muchísimas cosas distintas y sin embargo se refiere a ellas como “yo”. Pero su verdadera esencia, su naturaleza esencial permanece allí, esperando ser descubierta y seguida. Como dice Deepak Chopra: «Aunque no podemos alterar nuestro núcleo de conciencia pura, perderlo o destruirlo, podemos olvidarlo. Como parte de nuestro libre albedrío, cada uno tiene la opción de aplicar su atención a la parte cambiante de la mente o a la parte inalterable.»

Mi comprensión actual acerca de  este tema me lleva a plantearme la pregunta: si me puedo identificar con tantas y variadas instancias dentro de mí, ¿por qué no hacerlo con la más poderosa, con la más sabia, con la más amorosa? Si tengo la libertad de definir quién soy, ¿por qué no escoger lo que más posibilidad de desarrollo, plenitud y servicio me proporciona? ¿Por qué no aceptar y empezar a explorar nuestra verdadera naturaleza humano-divina? ¿Por qué no empezar sencillamente, a vivir desde el alma?

Hernán Darío Blair

Junio 23 de 2017

 

Fotografía: https://pixabay.com/es/m%C3%A1scara-venecia-traje-carnaval-1264678/

 

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