Necesitamos Completarnos

Nota:

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“El hombre no es plenamente humano

cuando se da por satisfecho con lo que es,

y vuelve la espalda a su deber ser”.

Joseph Fabry

En un apartado anterior afirmaba que el llamado a completarnos constituye nuestro proyecto fundamental. Pero resulta que la vida de casi todas las personas que conozco está consagrada a proyectos destinados a mejorar sus condiciones materiales de acuerdo con las exigencias del modelo social imperante, en adelante, el “sistema”. La educación, por ejemplo, no nos prepara para ser mejores seres humanos sino para aprender un oficio en el cual desempeñarnos con éxito y poder producir los ingresos necesarios para la subsistencia. Las iniciativas intelectuales de demasiadas personas no están en general dirigidas al auto-conocimiento o a la comprensión de las verdades universales, sino al desarrollo de competencias específicas que las protejan del intrincado esquema competitivo de hoy. Y así por el estilo.

¿Cuál es el resultado de todo esto? El resultado es la dedicación de todas o casi todas nuestras energías a las exigencias del sistema y el consecuente olvido de nuestro llamado fundamental: completarnos. Para mí esta es la patología más devastadora de nuestros tiempos: la distracción, el olvido de nosotros mismos y de nuestra más importante tarea. ¿Qué es, pues, la distracción? Distracción es entretenernos con las exigencias del sistema con el cual estamos vinculados. Es dedicarnos a la escenografía, a la coreografía y al vestuario -por así decirlo-, y olvidarnos del guion. Es dejar de vivir a plenitud por atender nuestras necesidades materiales. Es, en suma, relegar el ser al olvido y dedicarnos al hacer y al tener.

Esta consagración a los proyectos destinados a mejorar las condiciones materiales en lugar de la búsqueda de completitud inscrita en nuestro ser  es central a la estabilidad del sistema, y en consecuencia se trata de una temática global. El modelo social imperante ha impuesto sus demandas a través de sus múltiples y variados mecanismos, y hoy ya todos estamos contaminados de este mal con el agravante de que ni siquiera lo sospechamos y esparcimos con entusiasmo las semillas del sistema creyendo que estamos contribuyendo con un mundo mejor. Como magistralmente lo expresaba Krishnamurti: “No es signo de buena salud estar perfectamente adaptados a una sociedad enferma”.

Mi experiencia con miles de personas con quienes he tenido la oportunidad de interactuar en cierto grado de profundidad en procesos individuales y grupales de acompañamiento existencial y de facilitación, me ha enseñado que los costos de este olvido son altísimos. Nos dedicamos  a atender nuestras necesidades materiales y nos olvidamos del resto nuestras dimensiones. En términos generales y para muy buena parte de la población, a medida que envejecemos, estos costos son, en mayor o menor medida:

  • Vacío
  • Frustración
  • Soledad
  • Enfermedad
  • Infelicidad

El vacío está relacionado con una percepción de deuda, con compromisos pendientes, con un llamado que hemos ignorado. Pero resulta que no se trata de una actividad intrascendente como lavarnos los dientes antes de ir a la cama o fregar los platos después de la cena. Se trata, por el contrario, de un llamado existencial, el más grande de todos los llamados: completarnos. Emocionalmente el resultado de esta constatación a medida que envejecemos es inquietud, zozobra, malestar, preocupación e irritabilidad, entre otros. E interiormente es un vacío, un hueco enorme que no se llena con todas las actividades que hemos realizado, con todo el dinero que hemos  producido y ni siquiera con todo el amor que hemos ofrecido o recibido. El vacío de completitud solo se llena con completitud, con el desarrollo que hicimos de nuestro ser. Se trata, pues, de una especie de sensación de que nos esforzamos en exceso, nos desgastamos, nos fatigamos, incluso nos enfermamos intentando establecernos en el modelo que aceptamos  al costo de olvidar nuestro llamado primordial.

La frustración está relacionada con la percepción de habernos equivocado en nuestras prioridades. Es darnos cuenta un poco o bastante tarde quizás que hemos dedicado nuestras energías a lo que era sólo el escenario. Es entender, en nuestra madurez, que los objetivos que debíamos haber perseguido no eran necesariamente los que nos mostraron, y que los esfuerzos que debíamos haber realizado no eran necesariamente los que hicimos.  Es tomar consciencia, tardíamente, de que siempre tuvimos una vocecita interior, sutil pero clara y contundente, que nos iba advirtiendo en todo momento sobre la forma en que consumíamos nuestra existencia. El resultado es frustración, dolor, y en especial rabia con nosotros mismos. Podemos incluso llegar a sentirnos estúpidos, a pensar que nos engañamos y nos dejamos engañar en el único negocio que realmente importaba: el negocio de cómo y dónde invertíamos nuestra vida. Ahora bien, esta frustración tiende a ser mayor en la medida en que seamos más adultos cuando la experimentemos. Porque si esta toma de consciencia ocurre bien avanzada nuestra madurez efectuamos de inmediato el cálculo del poco tiempo que nos queda para modificar la situación. Y bastantes veces no es sólo cuestión de tiempo. Con frecuencia ya es de energía, de fuerzas, de motivación. La sensación de habernos equivocado tan prolongadamente trae con frecuencia aparejada la desmotivación hacia volver a empezar y, a veces una decisión, consciente o no, de abandonar cualquier esfuerzo posterior.

La soledad está relacionada con la ausencia de conexión con los otros precisamente a causa de la distracción. Estuvimos tan distraídos viviendo los mandatos del sistema que no tuvimos tiempo para construir vínculos profundos con nadie, o casi nadie, incluso con los seres más cercanos. Los vínculos de sangre garantizan tan sólo vínculos de sangre pero no relaciones verdaderamente profundas. El padre de determinada persona siempre será su padre pero eso no garantiza necesariamente una relación padre-hijo entre ellos. Dicha relación, como cualquier otra, sólo se consigue construyéndola. Pero la distracción evita o retrasa profundamente la construcción de las relaciones porque las personas estamos ocupadas en quehaceres más importantes desde el punto de vista del sistema. Por esta razón, a medida que pasa el tiempo nos damos cuenta que no hemos construido relaciones fecundas con casi nadie, y que bastantes personas incluso aquellas con las que vivimos son desconocidas para nosotros y nosotros para ellas. El resultado es soledad. Y quizás la más amarga de todas las soledades, aquella que experimentamos en medio de la multitud.

La enfermedad física, otro de los costos importantes de la distracción, no es simplemente el resultado natural  del  deterioro de los seres humanos a medida que envejecemos. Por supuesto que envejecer trae aparejados muchos cambios en nuestra biología pero esos cambios no conducen necesariamente a la enfermedad. En mi experiencia a través de todos estos años de contacto profundo con diferentes personas percibo la enfermedad como consecuencia de la distracción en la cual vivimos, más que como resultado de factores hereditarios, alimentarios, etc. ¿Cómo se explica esto? Pues bien, la distracción nos impulsa a enfocarnos en todo menos en nosotros mismos, y la enfermedad es un llamado de atención que el cuerpo envía a la consciencia a fin de que cambiemos determinados hábitos de naturaleza mental y emocional. Pero como estamos tan ocupados en las prioridades del sistema estos llamados son en general desatendidos. Con el tiempo aparecen las consecuencias de la desatención bajo la forma de síntomas físicos, mentales, emocionales y aún existenciales. Es fácil percibir  que cuando la enfermedad finalmente se presenta ya hemos tenido docenas y a veces centenares de llamados, llamados que en general no hemos escuchado por estar absortos en otras prioridades.

De esta forma los sentimientos de vacío, de frustración, de soledad y la enfermedad física, juntos, producen en nosotros sencillamente infelicidad. He visto el atardecer de muchos seres humanos opacado por fuertes sentimientos de infelicidad. Es doloroso ver cuántas personas envejecen en estas condiciones, cuántos seres reclaman con insistencia el final anticipado del viaje de sus vidas. Lo que podría ser una experiencia maravillosa e incluso placentera hasta el último suspiro en la práctica termina frecuentemente en lo contrario.

Sí, estamos distraídos, profundamente distraídos. Y esta distracción convoca toda la energía humana hacia la consecución del bienestar material, bienestar que con frecuencia ya hemos alcanzado y sin embargo no logramos calmar el vacío, la frustración,  la soledad,  la enfermedad y la infelicidad que obtuvimos como resultado de dichas búsquedas. Bien lo dice la cita al inicio de este apartado: no podemos seguir dando la espalda a nuestro deber ser, a la aventura de  completarnos y encontrar nuestro lugar en el  mundo.

Fotografía: https://pixabay.com/es/pap%C3%BA-ni%C3%B1os-peque%C3%B1os-sorong-2617974/

Hernán Darío Blair

Septiembre 18 de 2017

3 comentarios en “Necesitamos Completarnos”

    • Hola Vicky U. Me alegro que consideres «Súper» esta mirada. En realidad dicha perspectiva es sobre todo la constatación que a diario hago del poder que tiene sobre nosotros la distracción, y de cómo hemos olvidado nuestra tarea fundamental: encontrarnos y expresarnos. Un abrazo.

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