Somos Seres Inconclusos

 

Nota:

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Los seres humanos somos seres inconclusos, inacabados, y todo nuestro tránsito aquí en la Tierra es una experiencia de aprendizaje y de consciencia, un viaje que tiene por destino la completitud. El animal ya es, ya ha llegado, ya está completo y funciona con base en  un programa predefinido que le dice cómo actuar en cada circunstancia de su existencia. Su vida es simplemente la ejecución de ese programa sin que en ningún momento experimente la necesidad de revisarlo ni ajustarlo a sus características específicas. Un león, por ejemplo, vive como león, come como león, caza como león y en general actúa en todas las circunstancias como el león que es. Se podría decir que es la especie león, más que el individuo león, quien controla su conducta. Es decir, en él decide su instinto y su biología, los mismos que comparte con todos los individuos de su especie. Nosotros, por el contrario, no disponemos de un programa predefinido que nos diga cómo actuar en cada momento específico y sólo en raras ocasiones actuamos desde nuestros instintos. A diferencia del animal presentamos la complejidad de un ser biológico pero a la vez de un ser social, moral,  espiritual, histórico, cultural, en fin, de un ser multidimensional. En el caso del ser humano, es el individuo el que decide y actúa, y no la especie que compartimos.

Pero –y es ésta la idea que quiero enfatizar- el animal ya es, ya ha llegado a su máximo nivel de desarrollo, ya está completo. Encuentro difícil imaginar a un león, siguiendo con el ejemplo, interesado en ser un mejor león, en tener una mejor relación con la leona, en educar mejor a sus cachorros. Todo en él funciona en su escala más alta de desarrollo como el león que ya es. Los seres humanos por el contrario tenemos tatuado en las profundidades de nuestro ser un intenso llamado a desarrollarnos, a completarnos, a llegar a ser aquellos que potencialmente podemos ser. Por esta razón me es igualmente difícil imaginar a un ser humano que no tenga algún hábito por cambiar, alguna destreza por aprender, algún bloqueo del cual deshacerse, alguna herida de la cual sanarse. Pero en especial, a un ser humano que no necesite enfrentar su proceso de crecimiento personal, su particular aventura de encontrarse y aprender a dirigir su vida desde su centro de poder en lugar de hacerlo desde su ego, su miedo o las demandas del sistema en el que vive.

Es como si Dios hubiese terminado su obra, en toda su creación,  pero a los seres humanos nos hubiese dejado a la mitad del camino, inacabados, y nos  hubiese dado el mandato de completarnos. Entregó a cada uno de nosotros una poderosa caja de herramientas, y le dijo: “Complétate tú”. Es por esto que nuestro ser respira anhelos de completitud. Y este mandato manifiesta parte de nuestra grandeza: sentir el llamado y a la vez contar con la posibilidad de completarnos y de contribuir de esta manera con la evolución.

Pero podemos preguntarnos: ¿No estamos completos ya? ¿Por qué necesitamos completarnos?    Nacimos completos en cuanto disponemos de todos los recursos que necesitamos para transformarnos, desarrollarnos, crecer como personas, ser felices y contribuir con el entorno que nos rodea. Estos recursos constituyen la maravillosa caja de herramientas que recibe cada ser humano al nacer sobre este planeta. Pero disponer de estos recursos implica precisamente apropiarse y beneficiarse de ellos para terminar lo que Dios empezó en nosotros, y llegar a ser aquellos que potencialmente podemos ser: seres despiertos y conscientes de nuestra naturaleza espiritual, viviendo desde nuestros núcleos más profundos en lugar de hacerlo desde la ignorancia y el ego, seres amorosos, bondadosos y  alineados  con el propósito de Dios para la vida.

Llegar a ser aquellos que potencialmente podemos ser. Este es el significado de la palabra completitud en este libro. Y a  pesar del poco uso que le damos en nuestra cotidianidad ella representa un concepto central en esta obra por cuanto, como veremos más adelante, el sentido de la vida es aquella modalidad de acción que al prestarla nos permite completarnos y servir. Si algún lector experimentase dificultad con esta palabra podría sustituirla por “auto-realización” que es un término acuñado por Abraham Maslow y que apunta  a la misma dirección.

Si somos inconclusos y si buscamos completarnos entonces nosotros mismos somos un proyecto y nuestra vida es el espacio donde realizamos este proyecto.  Quizás nunca lleguemos al destino de completitud que buscamos pero no intentarlo es ya un fracaso mayor al de no llegar. Este viaje hacia la completitud es lo que constituye nuestro proyecto fundamental. Pero en la cotidianidad este proyecto se entreteje y se mezcla con abundantes necesidades: crecer, terminar una carrera, formar una familia, producir ingresos, consolidar un patrimonio, ser miembro de una comunidad, desarrollar los propios talentos, contribuir, etc. A través de todo esto podemos completarnos.  Pero a la vez disponemos de    incontables opciones: estudiar esto o aquello, vivir esto o aquello, escoger esto o aquello o aquello otro. Entre todo este enjambre de posibilidades podemos perdernos y la angustia frente a la permanente necesidad de decidir puede irrumpir. Como decía Sartre: “Todo ha sido resuelto, excepto cómo vivir”.

Aquí surge, entonces, la importancia del sentido. Porque una vez lo encontremos, habitaremos este planeta centrados en lo que queremos y en lo que hemos ido comprendiendo acerca de nuestro destino más profundo. A lo largo de estas páginas comprenderemos con mayor precisión no sólo la importancia del sentido sino su propia naturaleza y la manera de encontrarlo.

Fotografía: https://pixabay.com/es/chica-dolor-noche-tristeza-foto-2719023/

Hernán Darío Blair

Septiembre 18 de 2017

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