Somos Seres Multidimensionales

En la entrada anterior (Somos un Proyecto), insistimos en que somos seres inacabados que tenemos el mandato de conocer y expresar el ser que somos, desarrollar el potencial encerrado en cada uno de nosotros, y entregar un servicio al mundo. Una vida plena y significativa debería medirse en términos del cumplimiento de estos objetivos tatuados en el alma, que son completamente únicos para cada persona, en lugar de hacerlo sobre los objetivos comunes de desarrollo material y social que el modelo define para todos de manera indiferenciada.

Pero resulta que nuestra alma experimenta un impulso hacia estos objetivos trascendentes mientras, simultáneamente, nuestra mente y personalidad son atraídas con fuerza por los objetivos del modelo. El resultado de esta tensión es el conflicto interno que la mayoría de las veces resolvemos en el corto plazo con el abandono de los llamados interiores. De esta forma acallamos temporalmente la voz del alma y decidimos escuchar tan sólo las directrices externas. Pero en el largo plazo esta decisión revela su error: tan sólo hemos dejado de escucharnos pero el llamado permanece porque a eso fue que vinimos a este mundo. Recordemos que nuestro ser interior puede ser desatendido pero no estirpado ni extinguido.

Es por esto que, más tarde o más temprano, muchas personas deciden y ejecutan  cambios drásticos en sus vidas y acuden a su interior en busca de las respuestas únicas a las preguntas que por años permanecieron sin contestar. La mente y la personalidad se hastían  de los lugares comunes o el alma termina por rebelarse. Y en realidad poco importa si se trata de uno o lo otro o de una combinación de ambos factores. Lo que realmente importa es este proceso de despertar que lleva a los seres humanos a replantearse con honestidad  y humildad muchos de los asuntos fundamentales de su existencia que por largo tiempo habían llenado con las soluciones genéricas que provee el sistema. Y este despertar los conduce a la realización de muchas tareas interiores que habían sido aplazadas.

A partir de este momento una de las primeras cosas que entendemos es que la vida no es simple como una receta de cocina ni como las instrucciones que damos a alguien para ejecutar una tarea. Que la vida es compleja, inmensamente compleja y vasta. Que la vida sucede simultáneamente en multiples escenarios. Y que cada uno de ellos nos reclama. Y que tenemos la libertad de escoger nuestra participación o nó en cada escenario igual que por años escogimos desatender nuestras voces interiores. Ahora bien, todo parece indicar que la vida nos llama con insistencia pero que no se detiene a esperar nuestra decisión. Es extraño, muy extraño: la vida ejerce tanta fuerza para convocarnos como desapego para avanzar sin nosotros. He aquí el poder de nuestro libre albedrío, el respeto de la vida hacia nuestro don más preciado: la libertad de elegir.

Sí, la vida sucede simultáneamente en múltiples escenarios. Mientras nuestro cuerpo respira, se nutre y realiza miles de procesos de reparación celular y desarrollo, la vida tambien se desplega en lo mental, en lo emocional, en lo existencial, en lo espiritual, en lo social, en lo familiar, en lo  profesional, etc. Si bien nosotros no somos el cuerpo -como ya hemos visto-, es evidente que somos seres físicos. De la misma forma podemos decir que somos seres mentales, emocionales, álmicos, espirituales. Y también que somos seres históricos, sensoriales, sensuales, eróticos, morales, etc. Algunas veces estas instancias están coordinadas, digamos, con un desarrollo armónico, y otras veces apuntan a direcciones diferentes lo que ocasiona tensiones y conflictos internos, enfermedades y diversas patologías. Por ello, para avanzar en nuestro proyecto de vida requerimos un manejo integral de las diversas dimensiones en  las cuales nos movemos, porque de lo contrario aquellas que están siendo desatendidas empezarán a pasar factura a la totalidad de nuestra vida.

Aunque la sociedad en la que vivimos habla de la integralidad del ser humano, en el fondo lo reconoce básicamente en sus dimensiones física, mental y social. Física porque reconoce el cuerpo, la salud, la capacidad de trabajo, las destrezas manuales. Mental, porque acepta su inteligencia, racionalidad, creatividad, capacidad de aprendizaje, toma de decisiones, etc. Y social, porque entiende sus vínculos afectivos y familiares y las competencias para vivir y trabajar con otros. Pero –en términos generales- se olvida de reconocer sus dimensiones existencial (aquella que se relaciona con el sentido de su vida y la alineación e integración de todas sus actividades al proyecto personal de vida), emocional (su afectividad, sus miedos, sus frustraciones, sus necesidades más profundas, etc.) y su dimensión espiritual (su necesidad de integrar, de trascender, y de servir, etc.). El olvido o desatención de estas dimensiones ha llevado a la sociedad a una hipervaloración del hacer y del tener por encima del ser, así como de lo práctico, pragmático y utilitarista por encima de los significados, del propósito, del sentido, y de los valores, por mencionar sólo unos pocos temas. De alguna forma este enfoque contribuye a la desmembración del ser humano, lo divide en su interior, y le merma la fortaleza y plenitud frente a un ser humano integrado y reconocido en todas sus dimensiones.

Vivir con plenitud reclama de nosotros una mirada integral de nuestro ser en equilibrio con nuestro hacer y nuestro tener,  y con cualquier aspecto de la vida que consideremos. Reclama una participación activa en todo el universo de posibilidades en el que nos movemos.

En una de las primera entradas de este blog (ver Plenamente Humanos-Plenamente Divinos) escribía: “A lo largo de mi vida he sostenido la tesis de que estamos llamados a realizarnos en ambas naturalezas, que podemos ser plenamente humanos y plenamente divinos. De hecho la frase “Plenamente Humano-Plenamente Divino” representa para mí el ideal máximo de realización al que pueda aspirar cualquier persona en su tránsito por esta existencia. Y no sólo el ideal máximo de realización sino, también, el único antídoto contra nuestra propia destrucción. Si seguimos viviendo nuestras vidas desconectados de nuestra naturaleza divina, sin el equilibrio humano-divino al que hemos sido llamados, en unas cuantas generaciones ni siquiera tendremos un planeta en el cual vivir o estaremos cercanos a nuestra propia aniquilación”.

E insistía: “¿Pero qué significa ser plenamente humanos? ¿Estoy hablando de perfección? ¿Es posible la perfección para el ser humano? En realidad no estoy hablando de perfección. Estoy hablando de plenitud, de haber alcanzado estados importantes de desarrollo en cada una de las dimensiones sobre las cuales lo humano se sostiene y se expresa. Estoy hablando de integralidad, de movernos en propiedad por cada una de las avenidas de lo humano. Estoy hablando de haberle apostado la totalidad de nuestra vida a esta experiencia de lo humano y de haber participado activamente en la existencia, en lugar de habernos separado de ella para vivir desde alguna de las múltiples formas del miedo o de control, para citar sólo unas pocas. Estoy hablando de poder decir al final de nuestros días, como Neruda, “confieso que he vivido”.  Ser plenamente humanos implicaría, el día de nuestra muerte,  despedirnos de este maravilloso planeta con un sentimiento de gozo en el alma y la certeza de que aceptamos y aprobamos con gusto que nuestra vida se fuera consumiendo lentamente mientras vivíamos con intensidad cada uno de los dominios de la existencia, que nos dimos el permiso de vivir apasionadamente este experimento de compartir dos naturalezas y de movernos en el filo de dos mundos. Implicaría, también, un profundo  sentimiento de satisfacción y de gratitud por el privilegio de haber tenido la oportunidad -y haberla aprovechado-, de apostarlo todo a lo humano”.

Estamos pues llamados a conocernos en nuestras dos naturalezas, la humana y la divina, a expresar nuestro ser, a desarrollar nuestros dones y talentos, y a encontrar y entregar el servicio que vinimos a ejercer en la totalidad de la vida que seamos capaces de abarcar, sin restricciones, sin límites autoimpuestos, en armonía con la existencia. Esta es la plenitud de vida que hemos cambiado por unas cuantas migajas de comodidad y distracción que nos ofrece el sistema a cambio de nuestro propio poder interior y libertad.

Termino con una frase del mismo artículo ya citado: “Es la adhesión a nuestra propia naturaleza lo único que puede proporcionarnos estructura, equilibrio, belleza y armonía con el resto de la creación”.

 

Hernán Darío Blair

Agosto 31 de 2017

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